domingo, 3 de agosto de 2014

Opinión: Pobreza asesina

Por: Gloria Inés Escobar Toro
El amor filial es tal vez el lazo más fuerte que une a los seres humanos. Cuando los hijos son deseados y esperados con alegría, y hasta cuando llegan sin buscarlos, pero se tiene el suficiente amor y disposición para aceptarlos; los hijos despiertan un sentimiento profundo, incondicional y eterno. La fuerza de dicho sentimiento es tal que los padres son capaces de dar su vida a cambio de la de sus vástagos. Así que no resulta difícil imaginar lo que pueden sentir una madre y un padre ante la muerte de un hijo, especialmente si ésta es consecuencia de las condiciones materiales de extrema pobreza en que se vive.

Los infantes son los seres humanos más vulnerables por la inmadurez de su desarrollo físico e intelectual, de ahí la fragilidad de su existencia, la dependencia que guardan de quienes les rodean, la necesidad de guía y protección constantes, es por ello que cualquier circunstancia adversa los golpea con mayor rigor: el hambre, las enfermedades y la violencia son mucho más letales si es un niño quien las padece. La dura realidad difícilmente soportada por los adultos se constituye en una tragedia insufrible para los niños, así que no es gratuito que la desnutrición, hija legítima de la pobreza, cobre sus mayores víctimas en ellos.

Pero como pasa siempre, quienes están a merced de las mayores calamidades de todo tipo son los más vulnerables dentro de los vulnerables, es decir, los niños indígenas, afros y quienes viven en las zonas más deprimidas, aquellos que dentro de la escala social ocupan los últimos puestos. Es esto lo que está pasando con los niños indígenas en La Guajira (entre el 2008 y el 2013, las cifras hablan de más de 4.000 niños pobres muertos), pero también en el Valle, en Risaralda, en Chocó y en todas aquellas regiones de asentamientos de estas comunidades.


A los niños Wayúu, como al resto de niños de otras comunidades nativas, los está matando la pobreza, una pobreza lejana y silenciosa para quienes estamos fuera de sus garras pero feroz y criminal para quienes la sociedad ha sometido bajo su yugo; una pobreza que no admite excusas dentro de un mundo en el que las “85 personas más ricas tienen tanta riqueza como los 3.500 millones de personas más pobres” (Informe 2014 de Naciones Unidas sobre desarrollo humano); una pobreza que arrebata, de la manera más cruel, la vida de cientos de niños de los brazos de sus padres, dejando a éstos con el cuerpo vacío en un estado agónico perpetuo; una pobreza asesina que muchos nos negamos a ver.

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